El 2012 lo empecé mal sin saberlo. Una caña infernal no trae buenas consecuencias, tener clases en el verano, tampoco. Estrés y dramas emocionales me invadían. Hundida en un 'intentémoslo de nuevo' y vacaciones con mis amigas, se fue el verano. Así de rápido comenzaba otro año universitario y así de rápido asumía que la eterna historia adolescente llegaba (definitivamente) a su final. Enfocada en mis prioridades, la pena se olvidaba (a ratos). Fue difícil asumir el cierre de un ciclo tan importante en mi vida, pero ahí estaba, caminando.
Raros actos (que aún no entiendo) de alguien que consideraba cercano, desencadenaron la impotencia. Y yo que pensaba que ya había tenido suficiente con los dramas de la media.
El alcohol te lleva a acciones de las que puedes arrepentirte. Creo que todo pasa (y sirve) por algo. Chao pisco, hasta nuevo aviso. Valparaiso rebalsó la gota de mis acciones no pasadas por el filtro racional.
Con las de siempre viví muchos momentos inolvidables. Aprendí que a pesar de las diferencias y el poco tiempo, están y estarán siempre.
Los primeros meses del año asumo que sufrí harto (quizás era necesario). Luego entendí que la vida sigue, intenté mostrar mis dientes de ratón y empecé a disfrutar, pero enserio.
Y así fue, cuando menos lo esperaba, pasó algo. Confieso que si alguna vez lo imaginé, nunca lo aterricé a la realidad. Pero ahí estaba, más real que nunca, dispuesto a mostrarme como el corazón también merece nuevas oportunidades.
Todo de nuevo, todo nuevo. Polo opuesto. Dije que sí y me atreví (aunque con miedo), hasta hoy no me arrepiento. Creo que ha sido uno de los impulsos más acertados de todo el dos mil doce.
A ratos la nube negra llegaba para hacerme compañía, llenarme de preguntas e inseguridades. Desperdicié tiempo y muchas oportunidades por miedo y comparaciones tontas. A pesar de eso, comprobé que la perseverancia es mi amiga (aunque a la frustración le encante quitarle el puesto), que la rutina nunca me ha gustado y he sido su víctima años sin atreverme a hacer un paso al lado. La desmotivación puede transformarme, cegarme y llevarme a un estado previo a la muerte.
No quiero más momentos así. No quiero seguir malgastando las horas, voy a usar vestido y a cantar en un karaoke.
Para mi estos dos últimos años han sido feitos, pero prefiero decir que han sido de "aprendizaje". Siento que sería demasiado estúpido seguir tropezando, porque ya se cuales son las piedras, donde están y porqué les gusta cruzarse en mi camino.
Es tiempo de disfrutar, atreverse, quererse y no mirar atrás.
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